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 29 de febero 2020

 

Cadena de amigos

Relato de viaje de Ayelén Adad

Una de las cosas que más me maravilla de viajar, además de los lugares que visito, son las redes y los contactos entre las personas que se generan. En los últimos nueve meses estuve en algo más de veinte países de Europa y de Medio Oriente y conocí un montón de gente increíble. Con muchos de ellos aún sigo en contacto; compartimos nuestros caminos acompañándonos a la distancia; nos sugerimos lugares para visitar, actividades para hacer y nos enseñamos mutuamente este arte de viajar (casi siempre con un presupuesto acotado). Este relato cuenta sobre El Líbano y aclaro que hay varios nombres y detalles, pero todos ellos son parte de la red que se generó en esta historia que tuve el privilegio de vivir.

 

A principios de diciembre, después de muchos malabares, atrasos y reprogramaciones, llegué a El Líbano. Este viaje era un deseo por cumplir desde hace más o menos dos años, cuando empecé a sentir curiosidad por los orígenes de mi bisabuelo libanés. Tenía muchas expectativas, pero a la vez era todo completamente desconocido y las complicaciones que hubieron antes de llegar y los primeros días me hicieron replantearme una y otra vez lo que estaba haciendo y si este viaje, quizás, tendría que haber esperado para otro momento…

 

Cuando finalmente llegué, conocí a mi anfitrión de couchsurfing, muy agradable, pero no muy interesado en socializar. Al día siguiente diluvió y no pude salir del departamento. El tercer día brilló el sol y pude salir a caminar… y caminé más de 22 km… ¡Tanta era la necesidad de ver y conocer de qué se trataba este lugar! Fue bastante impactante encontrarme con calles vacías y cortadas con bloques de cemento y alambre de púas; con el ejército omnipresente en cada rincón de la ciudad y el tráfico caótico que me hacía correr por mi vida. En fin, no habían pasado más de tres días y el panorama no era alentador… Sentía frustración e incomodidad, total y absolutamente fuera de mi zona de confort.

 

En ese momento, un amigo de Portugal que había visto mis historias de Instagram me contactó para decirme que tenía una amiga libanesa y que me contactaría con ella. Cuando vi su perfil de IG, resultó que ya nos habíamos comunicado por couchsurfing (aunque no me quedé con ella) y teníamos otro amigo en común: un chico que yo había conocido en Turquía y que me había dado muchas recomendaciones para venir a El Líbano. Desde ese momento, y aunque yo no lo sabía, mi viaje cambió por completo.

 

Esta chica es Theodora, Thea, llena de energía y vitalidad. Lo primero que me preguntó fue si quería ir con ella y sus amigos a la montaña por el fin de semana. Por supuesto que no lo dudé. Quedamos en encontrarnos a la tarde siguiente, pero tuvo una reunión y me dijo:

 

—Mi novio, Andy, va con sus amigos a la playa, ¿querés ir con ellos?

 

Allá fui, ¡y fue de las tardes más divertidas que tuve! Cada uno de los amigos había llevado juegos, parecía casi un circo: tabla de equilibrio, paletas, frisbee, peteca y hasta slackline (que practiqué por primera vez en ese momento). Bello atardecer sobre la playa, risas y gente que me recibió como una más del grupo.

 

Después, fuimos a buscar a Thea y a la hermana de Andy, Windy. Finalmente, cerca de las siete de la tarde, ya de noche, salimos para las montañas y hacia la casa de Jawad, otro amigo de los chicos. De nuevo, todo absolutamente desconocido, yo solo me dejaba llevar con la confianza de quien no tiene nada que perder y mucho por conocer. Esa noche, con temperaturas bajo cero caminamos por la montaña de pueblo en pueblo hasta llegar a uno en el que había varias fábricas de aceite de oliva. En estas zonas abundan los olivos y en época de cosecha se trabaja las veinticuatro horas. Eran las diez de la noche y nos dejaron entrar, probar y ver cómo se producía el aceite. Volvimos a dedo en la caja de una camioneta, con el viento helado en la cara y muertos de risa con cada salto del camino.

 

Esa noche, todos sentados alrededor del fuego cenamos castañas y verduras asadas en la estufa a leña. Comimos «labneh» (un queso típico) y tomamos vino libanés… Después de cenar salimos de nuevo a pasear y a visitar gente por el pueblo… Fue una noche eterna y a mí, la felicidad ya tenía invadido todo mi cuerpo… ¡En menos de veinticuatro horas mi estadía en El Líbano había cambiado radicalmente!

Bassel y yo

Bassel y yo

Cadena de amigos / Por Ayelén Adad

Día en las montñas

Día en las montñas

Cadena de amigos / Por Ayelén Adad

Donde nació mi bisabuelo

Donde nació mi bisabuelo

Cadena de amigos / Por Ayelén Adad

Desayuno libanés

Desayuno libanés

Cadena de amigos / Por Ayelén Adad

Líbano

Líbano

Cadena de amigos / Por Ayelén Adad

Líbano

Líbano

Cadena de amigos / Por Ayelén Adad

Castañas asadas

Castañas asadas

Cadena de amigos / Por Ayelén Adad

Las calles de El Líbano

Las calles de El Líbano

Cadena de amigos / Por Ayelén Adad

Al día siguiente volvió a diluviar. En serio. No estoy exagerando…, no había chances de hacer nada afuera. Los chicos decidieron que era una buena idea ir todos a desayunar a un pequeño restaurante. Ahí conocí el desayuno libanés: cinco variedades de quesos, tomate, pepino, manushe, huevos, salchichas, aceitunas, pan, té, café... ¡Impresionante! En ese momento, a ninguno le preocupó la lluvia, aunque seguía y seguía. Entonces, fuimos a visitar a una amiga de Windy… ¡y terminamos en una casa increíble en la montaña, sumándonos a una reunión familiar de alrededor de quince personas! Nadie se sorprendió, reacomodaron sillones, sacaron platos y vasos, y nos empezaron a ofrecer comida y bebida. Yo estaba fascinada (¡y llena!). La lluvia no nos dejaba hacer casi nada, pero a mí me estaba permitiendo conocer cómo vivían los locales y experimentar su generosidad y apertura.

 

Esa noche no estaba muy segura de dónde dormiría ya que volvíamos a la ciudad y no tenía respuestas de couchsurfing… Entonces, Jawad me contacto con uno de sus amigos, Bassel, quien aceptó alojarme en su departamento cerca de Beirut. Pero después de cenar volvimos a juntarnos en la casa de Andy y Windy con más gente nueva y se hizo demasiado tarde. Así que Thea me invitó a dormir a su casa. Ahí conocí a sus padres y hermano, y una vez más me recibieron con los brazos abiertos. A la mañana siguiente, otra vez el desayuno libanés con nuevas especialidades y sabores, más algunas recetas que me enseñaron… Tenía el corazón desbordado de agradecimiento y alegría.

 

Así arrancaba mi sexto día en El Líbano y aunque la lluvia seguía, mi panorama brillaba. Fui a la casa de Bassel un día más tarde de lo previsto y desde el primer momento fue como haber llegado a la casa de un gran amigo. Conectamos inmediatamente y compartimos un día lluvioso a corazón abierto… En ese momento le conté de mi curiosidad por su país que yo también sentía un poco propio por ser la tierra de mi bisabuelo. Sin dudarlo un instante, se ofreció a llevarme, al día siguiente, al pueblo en el que mi bisabuelo había nacido. De nuevo, ¡no me entraba la felicidad y el agradecimiento en el cuerpo! Fuimos tomando mate, cantando y sacando fotos… ¡¡Un placer!! Una vez allí, aún teniendo muy pocos datos, logramos encontrar algunos parientes y saber un poco más sobre mi historia… Fue un día super emocionante.

 

Estuve en El Líbano siete días, conocí muchísima gente que me adoptó como una más de su familia, de sus amigos y me abrieron las puertas de sus casas e hicieron que mi estadía fuera inolvidable. Todo gracias a Thea. En inglés usamos mucho la palabra «random» cuando viajamos… Significa aleatorio. Este contacto fue totalmente random, tanto que empezó hace más de un año cuando alojé a un huésped portugués que se convirtió en amigo; siguió en Turquía con mi nuevo amigo/gurú de recomendaciones sobre El Líbano y ambos me llevaron a Thea, quien inició esa cadenita de experiencias mágicas.

 

Nunca lo voy a saber, pero estoy casi segura de que sin ella no se hubiera generado esa red de gente maravillosa. 

 

El Líbano no fue fácil, pero me dio una de las experiencias más maravillosas del viaje.